
La última mañana en Shanghai transcurre sin novedad.
El viaje al aeropuerto no se hace mas corto que el de hace 40 días.
Apenas llego a facturar mi maleta, empiezan los problemas.
- Su visado ha caducado
- Lo se
- tendrá que pagar una multa
- Lo se
- Lleva una maleta que pesa demasiado
- A la venida no hubo problema
- El peso máximo permitido es de 26 Kilos por bulto
- que hago?
- Compre otra maleta o pague 540 yuanes.
Viendo que el problema, como la gran mayoría, se soluciona con dinero, sopeso el posible precio de una maleta más la molestia de rehacer el equipaje con la multa de sobrepeso. Adquiero una maleta nueva por 285 yuanes en una tienda del aeropuerto. Maleta que habría costado en Shanghai posiblemente poco más 100.
Divido mi equipaje y me dirijo de nuevo a la señorita de cara inexpresiva pero de tono cordial. El equipaje vale, pero hay que solucionar el tema del visado. Largas esperas que acercan la hora de embarque con idas y venidas de un agente de seguridad femenino a la oficina de inmigración.
- Acompáñeme.
Con el pasaporte mas tiempo en manos ajenas que en las propias, me conducen a una sala donde, a la hora en punto oficial de embarque, me hacen firmar tres documentos en chino que me traducen como pueden y desembolso otros 500 yuanes. Suerte que venia preparado. Toca correr a coger el avión. Al llegar, sin muchas prisas conociendo los lances de esperas en los aeropuertos, la gente ni siquiera embarca aun. Al rato, en el avión veo con malos ojos la cabina llena hasta los topes, y recuerdo con nostalgia la venida con el avión vacío y toda una fila para mi solo.
Me paso todo el viaje viendo películas, apenas pego una cabezada. Tras unas 10 horas, aunque no puedo asegurar el tiempo exacto pues he perdido la cuenta, aterrizamos en Toronto.

No se muy bien porque, tengo una especie de mala suerte con las maletas y las mías siempre son de las ultimas. Para hacer transbordo a EEUU debes recoger el equipaje y facturar de nuevo.
Pero antes de facturar, y con las maletas a cuestas, pasas por un control de aduanas.
En el avión nos han repartido el impreso incorrecto. Mal comienzo con los agentes aduaneros, con los que hay que andar con pies de plomo. A estos yankis les encanta la prepotencia, se ve a la legua.
Relleno el formulario correcto, y me dirijo a la ventanilla 31. Un yanqui asiático repeinado aunque poco poblado, de cara sudorosa y grasienta, me mira con mala cara desde que asomo yo la mía, a pesar de lucir mi mejor sonrisa y tono cordial.
Me hincha a preguntas irrelevantes:
- ... y cuanto ha estado en Shanghai?
- 41 días
- y cuando va a est4ar en EEUU?
- 49 días
- Ha estado en Shanghai 49 días y va a estar 49 días? –dando a entender que tal coincidencia es solo fruto de la mentira o signo inequívoco de delincuencia.
- No, he estado 42 y voy a estar 49
- Eso suman 91 -Premio Novel pienso yo, y habría dicho mi padre.
- Hay algún problema?
- trabaja usted?
- Si, soy diseñador freelance
- y como trabaja si viaja tanto?
- porque solo necesito internet y este ordenador para trabajar
Largo rifi rafe con este hijo de puta, repitiendo sus preguntas y mis respuestas como si fuese gilipollas y largos ratos delante de la pantalla averiguando quien sabe que, tras sellarme los documentos, viéndome yo libre por fin, por alguna razón cambia de idea y me tacha impresos y tarjeta de embarque con un rotulador rojo.
En un flash veo escaparse mi avión a Nueva York sin mí en un asiento. En otro veo sus gafas caer al suelo ensangrentadas tras romperle la cara de un revés.
Mete mis documentos en una carpeta marrón, del color que se archivan los Expedientes X:
- Diríjase a esa puerta con el cartel del mismo color que la carpeta.
Vital se arrastra vencido y entra por una puerta que se abre solo desde fuera. Dentro, una sala de espera llena de presuntos criminales tales como una señora mayor en silla de ruedas, o un matrimonio chino con tres hijos.
En esa sala veo pasar los minutos y, en un monitor de letras amarillas y códigos alfanuméricos, las líneas van desapareciendo hasta que, de repente, el Canadá Airlines 726 se desvanece.
Nuevo interrogatorio al rato, cuando me llega el turno, registro y untada de vaselina.
Registra mis libretas, lee unos impresos de remedios de la abuela con cara de buscar recetas de bombas caseras o peor, versículos del Coran. Abre mis cajas de rotuladores, examina los medicamentos de mi botiquin... Este nuevo agente no parece vislumbrar los motivos de mi presencia en la sala, así que indaga todo lo que puede contrastando lo que digo con el monitor.
- A quien viene a ver?
- Porque?
- De que la conoce?
- De donde es?
- Cuanto lleva en EEUU?
- Donde se hospedara.
- Donde se hospedaba en Shanghai... ha dicho Shanghai o Beijing?
- A que se dedica?
- Viene por negocios?
- Seguro que no viene por negocios?
- Viene de turista o por negocios?

Aclarado que soy un pringadillo que viene de visita con un par de maletas llenas de basura sin interés policial, yo y mis 24H sin sueño salimos de esa sala de tortura con mas adrenalina que sangre en las venas.
Me acerco a una ventanilla de Canadá Airlines. Me cambian el billete para las 6.20, dentro de casi 10 horas. Que haces tirado en el aeropuerto de Toronto tirado 10 horas?
Empecemos por llamar a Anna, y decirle que no espere despierta. Necesito una tarjeta telefónica para llamar a un móvil de EEUU, pero no comprada con Euros o yuanes, eso no es posible. Cambio a dólares para que me cambien a Canadienses para poder comprar la tarjeta. Con Anna al corriente, me siento a escribir esto con un bocadillo frío y una cocacola, con la cabeza dando vueltas y el cuerpo dolorido de cansancio.
El resto de la noche y madrugada transcurren deshojando La Sombra del Viento, y dando sorbos a un refresco tibio por añadir algo al estomago o aburrimient4o. La calma del aeropuerto desierto la rompe solo la megafonía recordando las normas con respecto a los líquidos, y la pulidora para el suelo de mármol. La falta de sueño y esta sensación en las tripas me recuerda a aquellas largas noches en vela de bocetos a lápiz, efluvios de rotulador y photoshop.
Me veo a mi mismo como esos espectros avistados tantas veces, dormitando en el aeropuerto de Barcelona con los pies sobre las maletas, cuya suerte deseaba nunca compartir.
Por fin llegan las cinco de la mañana y puedo facturar de nuevo mi equipaje. Parece ser que no me libro yo de problemas con el equipaje. Auguro perdida de maletas en Nueva York, ya solo falta eso para que sea perfecto. Resulta que una maleta de las dos pesa un poco mas de lo que debe, apenas medio kilo, y no pasa. De nuevo me pregunto porque en un sitio vale pero en otro no, siendo esa misma maleta. Hago lo que puedo para transferir peso de una maleta gigante medio vacía a una mediana a reventar. Tras tres intentos, la señorita facturadora me perdona 200 gramos.

Resulta que a pesar de tener visado, tengo que rellenar de nuevo los impresos. Así que hago la cola de aduanas dos veces, de nuevo. Mismas preguntas de rigor, y de nuevo el tío este que me toca no se cree mi historia, le parece mucho un mes y medio de estancia en Nueva York como para ser ya no normal, sino bien intencionado. El hombre se toma un minuto eterno de tiempo para tomar una decisión. Mientras tanto yo estoy entre la posibilidad de volver a Shanghai o quitarle la pistola y liarme a tiros, por dar razones de peso para todo este embrollo. Se me toman las huellas y se me hace una foto, una vez mas, como a un criminal, y se me sellan los papeles.
Pero… ahora toca registrar. No es que tuviese un cuchillo oculto en un dobladillo, pero sin zapatos y siendo registrado dos veces dudas hasta de la peligrosidad de unos botones metálicos, que no paran de pitar.
Mañana seguiré contando, que esto parece una maratón.